2 comentarios
Mi gran fiesta del fútbol
Calor. Esa era la palabra que más se escuchaba entre el bullicio de la gente, y la que mejor definía a aquella ilusionante tarde del 15 de junio de 2008. Las terrazas de los bares rebosaban de malaguistas. Los había de todas clases: desde el fiel aficionado de toda la vida que se toma el café antes de entrar, en el famoso “Ensueño de Málaga”, hasta la joven promesa, que ya suspiraba por unos colores sobre los hombros de su padre, y balanceaba un minúsculo banderín blanquiazul con entusiasmo.
Para no perder costumbre, mi padre y yo llegábamos tarde. No escarmentamos ni en la última jornada. El típico “gorrilla malagueño” de turno, nos acechaba por la esquina de Martiricos, preparado para merodearnos para que le diéramos un euro. Pero nosotros fuimos más escurridizos, y nos escabullimos por un pequeño callejón. No estaba el horno para bollos, pues mi tío y mi primo ya nos esperaban con impaciencia donde siempre. Donde todos los domingos. Donde todo malagueño queda con su amigo, su hermano, su primo, o quien sea, para ir al fútbol: el emblemático edificio de Diario Sur.
Tras diez minutos de agobio y calor tomando café en un bar lleno de humo, gritos y expectación, nos dirigimos por fín hacia mi amado templo: la Rosaleda, mientras oíamos de fondo el chillerío de la gente, que se mezclaba con el himno que sonaba a todo volumen por los altavoces gigantes que Sur había instalado para la ocasión.
El abono, como también sigue siendo habitual a día de hoy, no quería pasar el torno. La dichosa lucecita verde no tenía ganas de encenderse tampoco ese día, y tuvimos que esperar un buen rato hasta que los guardas lo solucionaron. Ya solo quedaba un pasito para llegar. Subí las escaleras con rapidez. Es algo que siempre hago por inercia. Rara vez he subido los escalones de la grada de manera pausada. Estoy segura de que son los nervios y la emoción de cada partido los que me hacen vibrar hasta subiendo cada escalón.
Lleno absoluto. 35.000 espectadores dentro del estadio. Nunca había visto un ambiente en la Rosaleda como el de aquella calurosa tarde de junio. Más rollos de papel que nunca preparados para ser lanzados por los niños, pancartas con mensajes ilusionantes, “esta noche cenaremos en la gloria…”, “vamos a volver…”, globos en el aire, camisetas blanquiazules de todas las temporadas (en algunas aún permanecían serigrafías históricas como las de Catanha o Movilla, aunque un poco emborronadas de tanto lavado)…, pero sobre todo, si había algo que inundaba con rotundidad las gradas malagueñas, esas eran las sonrisas. Sonrisas por todos los rincones. Sonrisas de alegría, de expectación, de nervios… sonrisas que hablaban por sí mismas, y que explicaban sin necesidad de pronunciar una palabra lo que esa tarde, de una ya marchitada primavera, tenía preparado para todos los corazones que palpitaban en el estadio.
Las 16:58. La alineación ya había sido enumerada por megafonía, así que, como siempre, tuvimos que preguntarle a nuestro querido Cerezo quiénes eran los titulares. El himno ya sonaba, “Málaga la bombonera, flor de la Costa del Sol…”, y el equipo ya saltaba al terreno de juego, encabezado por el pequeño y gran capitán, Vicente Valcarce, todo un ejemplo de caballerosidad, respeto y, sobre todo, buen hacer sobre el campo.
Pino Zamorano marcó el pitido inicial. Comenzaba la cuenta atrás en la Rosaleda.
El Málaga salió muy concentrado al campo. Los rostros de los jugadores irradiaban confianza, a pesar de que por dentro se sentían como flanes. Carpintero y Baha no cesaban en sus intentos por marcar. En más de una ocasión estuvieron a punto de adelantarnos en el marcador, pero para mi pesar, no fue así. Al menos, por el momento.
El Tenerife atacaba, con N’Diaye a la cabeza. Estoy segura de que más de uno se seguía viendo en Segunda tras los insistentes y peligrosos tiros del delantero. Yo miraba de reojo el marcador, y cada vez que oía el sonido de nuevo gol en otro partido, me echaba a temblar.
-“¡Por dios que la Real no marque!”, exclamó mi primo varias veces mientras se mordía las uñas con nerviosismo. La incertidumbre comenzaba a invadir al público, pero todo estaba a punto de cambiar.
43 minutos fueron necesarios para provocar un desmadre general en el estadio de Martiricos. Hidalgo fue el encargado de poner el 1-0 en el marcador, gracias a un balón sin rumbo que se cruzó en su camino, y que fue despedido hasta las mayas de la portería tinerfeña. De repente, sentí que me inundaba algo mágico. Esa cosa, ese algo, ésa misma alegría que sentía en cada partido que jugaba mi equipo cuando estaba en Primera División. Ya hacía tiempo que no me sentía así.
Estábamos en Primera, no sabía si al término del encuentro aún lo estaríamos, pero a mi ese momento de felicidad no me lo quitaba nadie. Mi padre y yo nos abrazamos. Se me cayó todo al suelo: las gafas de sol, mi bufanda del Málaga, el periódico… pero nada de eso me importaba. Yo solo tenía ganas de saltar, de gritar que el ascenso ya había llegado… El speaker pronunció el nombre de Hidalgo con fuerza, y una lágrima de alegría se derramó por mi mejilla.
El descanso del partido fue de todo menos descanso. Allí nadie podía aún respirar tranquilo. Quedaban todavía 45 interminables minutos por disputarse, y todos sabíamos que ahora venía lo peor. Tocaba sufrir.
La segunda parte empezó sin ninguna novedad. Ambos equipos intentaban acechar la meta contraria, aunque sin efectividad alguna. Los primeros 25 minutos se convirtieron casi en puro trámite, hasta que apareció la mano. Una mano voluntaria, involuntaria… ¿quién sabe? A mi me daba igual. Solo me importaba que esa mano dentro del área nos estaba abriendo las puertas del cielo. Se convirtió en mi particular “mano de Dios”.
Hidalgo fue el encargado de lanzar el penalti. Un pasito atrás, mirada fija sobre el portero… ¡Gol! De nuevo vibré de emoción, ahora con más seguridad que en la anterior ocasión, y con una alegría y satisfacción interior inexplicables.
-¡Que bote! ¡Que bote! ¡Que bote la Rosaleda!, gritaban más de 35.000 gargantas al compás bajo un tremendo sol que aún no se dignaba a ocultarse. Los minutos finales no ofrecieron gran cosa. Todos pudimos contemplar de qué manera se iban dibujando poco a poco once bonitas sonrisas sobre las caras de los jugadores. Aquellos que habían luchado durante toda la temporada, y los mismos que ahora nos estaban brindando un merecido ascenso. Nuestros héroes. El campo se cayó literalmente. A falta de cuatro minutos para el pitido final, miles de boquerones se lanzaron sobre el cesped, como el que se tira a la piscina sin flotador ni manguitos.
Al menos diez minutos tuvimos que esperar para que los listos de turno, que hasta una portería fueron capaces de arrancar en escasas milésismas de segundo, salieran del campo y volvieran a sus asientos. El árbitro habló claro. Cada mochuelo a su olivo.
Y es que en Málaga, como muchos decimos aquí, “hasta el rabo to´es toro”, y el Tenerife fue capaz de maquillar un poco el resultado por medio de Nino. Aunque eso ya no nos importaba. El resto de partidos había finalizado, y mi Málaga ya era otra vez de Primera. Volvía a su sitio, de donde nunca debió salir. Hubo invasión de campo general. Todo el mundo quiso pisar el terreno que acababa de hacer historia una vez más. Por siempre conservaré mi trozo de cesped. Bocinas, himnos y gritos de felicidad inundaban todas las calles de la ciudad. Ahora quedaba una gran noche de celebración por todo lo alto.
Nunca algo no humano me ha hecho sentir lo que me emociona este deporte. Reír de alegría, llorar de impotencia, dar saltos de emoción o nerviosismo… En Málaga, aquella tarde puso broche de oro a una larga y dura temporada de sufrimiento, pero ya todo había terminado, y la fiesta comenzaba ahora. Mi gran fiesta del fútbol.
Experiencia de una gran malaguista
Sandra Zúñiga
Comentarios: 2
Publicidad
Todos los posts de sandrita
- Mi gran fiesta del fútbol (2 comentarios)




A favor
En contra
Escribe tu comentario